Es la mujer que forma pareja con un padre que ya tiene hijos.
Para esos niños es una figura parental más: una adulta de su núcleo familiar que comparte con su padre la vida y la responsabilidad de cuidarlos.
Si es un hombre, se llama padrastro.
Es, sencillamente, familia.
Poco a poco
Alguien nuevo llega a la familia.
Y, como todo lo que importa, se hace sin prisa.
Primero es alguien con quien jugar en el parque.
Un día llega a casa, un poco nerviosa. Y tú le enseñas tus juguetes.
Se sienta a los pies de la cama y escucha el cuento. Sabe esperar.
Con el tiempo llegan los planes de dos: un helado, una peli en pijama.
Jugáis, os reís y os contáis secretos.
Y os cuidáis cuando hace falta.
Y, poco a poco, vais encontrando ese lugar en la familia.
Ese lugar se construye con momentos pequeños.
Toca una foto para darle la vuelta
El cariño no se reparte.
Se multiplica.
Querer a alguien nuevo no le quita el sitio a nadie: hace el corazón más grande.
Un nombre propio
Aitana la llama Momi.
Cada familia encuentra sus palabras. Ninguna es mejor que otra: la buena es la que sale del cariño.
Una puerta abierta
Aquí caben todas las familias
Toca las que conoces. Y, en el corazón, suma la tuya.
Toca el corazón y suma la tuya
Familias que ya están en el corazón
Mamá, papá, yo y nuestro perro
Papá, mi madrastra, yo y mi hermanito
Mamá, mi padrastro, mi hermanastra y yo
Mis dos casas
Mis dos mamás, yo y el gato
La abuela y yo
Papá, yo y mis peces
Mis dos papás, mi hermana y yo
Mamá, papá, yo y nuestro perro
Papá, mi madrastra, yo y mi hermanito
Mamá, mi padrastro, mi hermanastra y yo
Mis dos casas
Mis dos mamás, yo y el gato
La abuela y yo
Papá, yo y mis peces
Mis dos papás, mi hermana y yo
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Para los mayores
Ideas para hacer familia
Cada vez más niñas y niños crecen en familias enlazadas o reconstituidas. Estas ideas ayudan a que la vuestra crezca con calma.
Inventad vuestros rituales
Una noche de pizza, un desayuno de domingo, una canción en el coche. Lo que es solo vuestro va creando familia.
Su sitio en su casa
Su cuarto, su taza, su cepillo de dientes, sus dibujos en la nevera y fotos de todos juntos por la casa. Que sienta que es su casa, porque lo es.
Los adultos, un mismo equipo
Pactad las normas a solas y contadlas juntos. Delante de los niños os respaldáis; las diferencias se hablan después.
Planes de dos
Que la madrastra y el niño tengan sus propios ratos: un helado, un paseo, una tarde de manualidades. Ahí nace el vínculo.
Dejad que elijan las palabras
Momi, su nombre, un mote… El nombre bueno es el que les sale del cariño.
Algo que sea vuestro
Una pulsera a juego, una planta que cuidáis juntos, un cuaderno donde pegáis recuerdos. Un objeto compartido os recuerda que sois familia.
Cuidad también la pareja
Una pareja que se cuida es la base de la casa. Reservad tiempo para vosotros, sin culpa.
Dad tiempo y pedid ayuda pronto
La confianza no se pide, se construye. Si algo se atasca, la terapia familiar o una red como ASTRAS pueden acompañaros.
Apoyo para familias
Cada uno tiene su papel, y todos caben
Las dudas del día a día de una familia enlazada, contestadas con normalidad. Son ideas, no reglas: cada familia encuentra su ritmo.
Una figura parental más
Eres una figura parental. Cada persona vive este papel a su manera y, dentro de una familia con hijos menores, la responsabilidad se comparte con su padre. Todo esto vale igual para los padrastros.
No hay un día marcado: es un proceso. Empieza cuando compartís el día a día, cuando te implicas en la vida de casa y el niño o la niña empieza a verte como un adulto de referencia. Que tu pareja y la familia te reconozcan ese papel ayuda a asentarlo.
Cada persona vive este papel a su manera y no hay una única forma correcta: puedes ser como tú sientas. Pero, dentro de una familia con hijos menores, lo habitual es que se espere que te responsabilices de ellos y que compartas esa responsabilidad con su padre: sois el equipo de adultos de la casa. Lo importante es hablarlo entre vosotros y dejar claro qué hace cada uno.
Sí. Es tu casa y eres una figura parental. Las normas son de todos los adultos que la comparten: habladlas en pareja, que sean claras, iguales para todos y con su porqué.
Es algo que se reparte entre los adultos de la casa: en una familia con hijos menores, lo habitual es que todos se responsabilicen, cada uno a su manera. Hablad cómo repartiros las tareas (la cena, el colegio, los deberes, una rodilla herida) según el día, las ganas y las posibilidades de cada uno.
Pasa en todas las familias, también entre madres, padres e hijos, y no significa que algo vaya mal. Mantén la calma, repite la norma con cariño y, cuando todos estéis tranquilos, hablad. Tener claro tu papel te da seguridad: eres una adulta de la casa, y la autoridad se ejerce con cariño.
Como se sienta bien quien te lo dice: tu nombre, un mote o un nombre inventado entre vosotros. No hace falta decidirlo el primer día y puede cambiar con el tiempo.
Dos adultos, un mismo equipo
Eres quien más puede ayudar a que tu pareja tenga su lugar: dándole desde el principio el sitio y la responsabilidad que le corresponden.
Cuando la relación sea estable y tú te sientas seguro. Mejor poco a poco: encuentros cortos, en sitios tranquilos y sin grandes anuncios, como un parque o un helado. Deja que tu hijo o hija diga lo que piensa sin tener prisa por la respuesta, y no esperes que la quiera enseguida.
Con tiempo, con calma y antes de que ocurra: que no se entere de golpe. Cuéntaselo tú, en un momento tranquilo y con palabras sencillas: «Quiero que viva con nosotros porque nos queremos y estamos bien juntos. Tú vas a tener tu sitio en casa, igual que ahora». Explícale qué cambia y qué no (su cuarto, sus rutinas, el tiempo contigo), deja que haga preguntas y que cuente lo que siente, aunque sea enfado o tristeza, y deja que participe en decisiones pequeñas.
Con palabras claras: «Te quiero igual, y hay sitio para todos». No le pidas que quiera a tu pareja ni que compare. Y cuida el tiempo a solas con él o ella, solo para vosotros.
Hablándolo claro, con ella o él y con tu hijo o hija: «En esta casa, mi pareja es un adulto de la familia y decide con nosotros». Dale responsabilidades reales desde el primer momento (acompañar, decidir, poner límites) y respáldala delante de ellos.
Con hechos, delante de tu hijo o hija. Al principio eres tú quien tiene que demostrar que esa persona tiene autoridad: apoya sus decisiones, no la desautorices en público y, si no estás de acuerdo, habladlo a solas. Sus normas valen igual que las tuyas.
Puede que al principio tú pongas los límites más grandes, pero ve cediendo terreno a medida que crece la confianza: que sea ella o él quien decida las cosas del día a día. Y enseña a tu hijo o hija que esa persona también está ahí para cuidarle, igual que tú.
Respáldala: en vuestra casa los dos adultos son responsables y deciden. Recuerda la norma con calma y, si hay malestar, habladlo después, a solas con tu hijo o hija y también en pareja. Es mejor no desautorizarla delante de él o de ella.
Con rutinas que no cambien: tiempo exclusivo con tu hijo o hija, tiempo con tu pareja y tiempo de todos juntos. No tiene que ser mucho, pero sí constante y sin móvil.
Dos hogares, cada uno con sus normas
Tu hijo o hija vive entre dos hogares y, en cada uno, los adultos se responsabilizan de él o ella y ponen sus normas. No hace falta que sean iguales: hace falta que se respeten y que pueda querer a todos sin culpa.
No. Los niños entienden que cada casa tiene su manera de hacer las cosas, igual que el colegio o la casa de los abuelos. Lo importante es que dentro de cada casa haya coherencia y cariño, y que nadie critique las normas de la otra delante de ellos.
En lo importante: salud, colegio, horarios, la mochila, los cumpleaños. Un grupo de mensajes o un calendario compartido ayuda mucho. Con respeto y yendo al grano, sin reproches.
Como con cualquier adulto que forma parte de la vida de tu hijo o hija: con respeto y cordialidad. No hace falta ser amigas, pero sí tratarla como una aliada y no como una rival: es una persona adulta más que convive con él o ella en su casa. Competir no beneficia a nadie, y menos a él o a ella.
Con curiosidad y alegría: «¡Qué bien, me alegro!». Sin interrogarle ni comparar, y sin pedirle que tome partido. Que pueda contar lo que vive en cada casa sin miedo es una señal de que se siente seguro.
Es humano y le pasa a mucha gente. No hay nada que sustituir: cada persona es única, ninguna es más que otra y el cariño se multiplica. Date permiso para sentirlo, cuéntalo a alguien de confianza y cuídate, sin cargar a tu hijo o hija con ello.
Para ti, y para quien te lea esto
Léelo con un adulto que te quiera. Aquí no hay respuestas buenas ni malas. Y recuerda: tu familia es especial tal y como es, porque está hecha de personas que te quieren.
No. El cariño de tus padres por ti no se gasta ni se reparte: te siguen queriendo igual, y también pueden querer a otra persona. Y tú sigues teniendo tu sitio.
Es una persona a la que tu madre o tu padre quiere y con la que quiere compartir su vida. Conocerla se hace poco a poco, y puedes decir cómo te sientes. No hace falta caerle bien ni hablar mucho el primer día.
Como tú quieras. Puede ser su nombre, un apodo o un nombre que os inventéis entre los dos. Aitana, por ejemplo, la llama Momi.
Sí, puedes. Querer a una persona más es algo bonito, y nadie tiene que enfadarse por eso. El cariño llega poco a poco, con ratos buenos, juegos y risas, y cada persona lleva su ritmo.
No. En un corazón hay sitio para muchísimas personas. Querer a una más no le quita nada a nadie.
Puede que sí. Algunas cosas cambiarán (los horarios, quién hace qué en casa) y otras no: tu cuarto y tus cosas. Puedes preguntar todo lo que quieras y decir lo que sientes, aunque sea que estás triste o enfadado.
Sí, claro. La pareja de mamá o de papá es parte de tu familia, igual que lo es el tío nuevo que llega cuando tu tía se casa. Cuando alguien llega a una familia, la familia crece: tú sigues teniendo a todos los que ya tenías y ahora tienes a una persona más. Y si tiene hijos, también son parte de tu familia.
Sí. En su casa es una persona adulta de la familia y, como tu madre o tu padre, te explica las normas. Si algo no te parece justo, puedes decirlo con calma y hablarlo con ellos.
Porque cada casa tiene sus propias normas, igual que en el cole se hace de una manera y en casa de la abuela de otra. Todas están para cuidarte.
Sí. Todas las emociones valen, y también puedes enfadarte con ella, como te pasa con cualquier persona. Lo que no vale es faltar al respeto. Cuéntaselo a un adulto en quien confíes, o dibújalo, y lo arregláis hablando.
Puedes contar lo que vives, y nadie debería enfadarse ni castigarte por eso. Si alguien te pide que guardes secretos o te asusta si hablas, no es culpa tuya: cuéntaselo a un adulto en quien confíes.
No es tu trabajo defender a nadie ni elegir bando. Puedes decir: «No me gusta que hables así» y pedir que lo dejen. Los mayores tienen que resolver sus problemas entre ellos, sin ponerte en medio.
Los dos son parte de tu familia, y se llaman distinto según de quién sean hijos. Un hermano o una hermana comparte contigo a tu madre, a tu padre o a los dos: por ejemplo, el bebé que tienen tu padre y tu madrastra es tu hermano (a veces se dice «medio hermano»). Un hermanastro o una hermanastra es el hijo o la hija de la pareja de tu madre o de tu padre: no compartís ni madre ni padre, pero formáis parte de la misma familia. Con unos y con otros el cariño se construye con el tiempo, jugando y compartiendo, y no hace falta ser amigos enseguida.
Álbum ilustrado · Apuleyo Ediciones
Un cuento para descubrir qué es una madrastra
Contado con la mirada de una niña, desde el amor y el cuidado. Para leer juntos, en casa o en clase.
Texto
Belén Diloy
Ilustraciones
Daniel Estandía
La autora
Belén Diloy
Belén es madrastra desde hace ocho años. Conoció a su peque cuando ella tenía solo cuatro, y la transición fue fácil: la niña la llenó de amor desde el principio, y fue maravilloso. También gracias a su marido, un padre implicado y cariñoso que siempre supo darle su lugar.
Escribió Mi madrastra pensando en ella y en todas las familias que, como la suya, están llenas de amor.
Una mirada, con datos
Lo que casi nunca se cuenta de las madrastras
La madrastra no es la bruja del cuento: es una persona que ama y comparte su vida con alguien que ya tiene hijos. Y aun así, carga con un estigma que no le corresponde.
1
Una madrastra es, ante todo, una mujer que se enamora
Parece una obviedad, pero hay que decirla, porque se olvida: una mujer se enamora de un hombre. Y cuando te enamoras, te enamoras de todo: de la persona entera, con su pasado y con sus hijos, si los tiene.
Todas las personas tienen derecho a enamorarse y a rehacer su vida, también las que ya tienen hijos. Querer estar en la vida de alguien es querer estar en la de sus hijos, porque forman parte de ella. No es una intromisión ni una competencia: es lo que pasa cuando se quiere a alguien de verdad.
Y míralo desde el otro lado: si tú tienes hijos y te enamoras de alguien, querrás que esa persona te quiera a ti y también a tus hijos, porque son tu vida. Querrás que los cuide y que los respete. Es algo obvio, y es exactamente lo mismo que pasa cuando eres tú quien llega.
Por eso suena tan raro eso de «pues no busques a alguien con hijos». Sería como pedirle a una persona que renuncie a que la quieran. Nadie se enamora de un hombre y le pide que deje a sus hijos en la puerta de casa. Y todo esto vale igual para los padrastros y para cualquier pareja de una persona con hijos.
2
Un estigma que viene de los cuentos
La madrastra malvada aparece en cuentos populares de muchas culturas, y la investigación sobre la identidad de las madrastras describe cómo ese mito sigue condicionando la forma en que se las ve1. En España, la UNAF recoge que los estereotipos ya casi no se dicen en voz alta, pero perviven como un prejuicio sutil: se da por hecho que el vínculo con los hijos de la pareja es débil, o que son una carga2.
3
Invisibles hasta en las estadísticas
El Censo solo cuenta a quienes viven de forma permanente en el hogar, así que no puede identificar a las familias en las que los hijos no conviven con la pareja de su progenitor, que es la situación más habitual cuando quien rehace su vida es el padre. Las cifras que existen (casi medio millón de hogares en 2011, un 2,7 %) son, según la propia UNAF, una estimación a la baja2.
4
Si cuidas, mal; si no cuidas, también
Es lo que cuentan muchas madrastras: comentarios como «ten los tuyos» o «no cuides hijos ajenos» y, al mismo tiempo, reproches si no se implican. La investigación coincide en que su papel es ambiguo y poco reconocido: en un estudio con 135 mujeres, las madrastras mostraron más estrés parental y más síntomas depresivos que las madres biológicas, y percibían menos aprecio por parte de los niños3. Una revisión anterior ya se preguntaba por qué su estrés es mayor4.
5
Cuando la competencia es entre mujeres
Muchas madrastras dicen que los comentarios más duros les llegan de otras mujeres. El informe de la UNAF observa que, cuando las dos figuras de referencia son mujeres, la competencia aparece bastante más que cuando son dos hombres, y lo relaciona con cómo se reparten socialmente los cuidados2. Señala también que una de las actitudes que más dificultan la colaboración entre hogares es impedir cualquier participación de la nueva pareja del padre, usando la falta de vínculo biológico para jerarquizar2. Para la autora, detrás hay a menudo miedo (a perder el lugar, a ser juzgada) y una cultura que enseña a competir por ser «la buena madre».
Y hay una contradicción difícil de ignorar: llevamos años luchando para que una mujer no se reduzca a su papel de cuidadora, pero cuando aparece una madrastra, es justo lo único que se mira de ella. Si cuida, cómo cuida, si cuida demasiado o demasiado poco. Como si de pronto una mujer volviera a ser solo eso. Si cuidar ha de ser un trabajo compartido y reconocido, y si una mujer es mucho más que lo que cuida, la sororidad también tiene que incluir a las madrastras.
Si te toca vivirlo, recuerda esto: a veces no te odian a ti, odian lo que representas. Quizá un fracaso, quizá su propia inseguridad. No es algo tuyo ni un problema tuyo: es algo que tiene que resolver la otra parte.
6
Las madrastras no están solas
Muchas madrastras viven este papel en silencio, entre el estigma y la falta de reconocimiento. No tiene por qué ser así. Somos ASTRAS, una asociación de mujeres madrastras, y ofrecemos un espacio seguro y una red de apoyo a todas las familias reconstituidas que necesiten ayuda.
Dainton, M. (1993). The myths and misconceptions of the stepmother identity: Descriptions and prescriptions for identity management. Family Relations, 42(1), 93–98.
Garrido Luque, A. (inv. resp.), Alonso Flores, P. y Lorente Clemares, R. (2018). Las familias reconstituidas en España. Madrid: UNAF (Unión de Asociaciones Familiares). Informe completo (PDF).
Shapiro, D. N. y Stewart, A. J. (2011). Parenting stress, perceived child regard, and depressive symptoms among stepmothers and biological mothers. Family Relations, 60(5), 533–544. doi:10.1111/j.1741-3729.2011.00665.x
Nielsen, L. (1999). Stepmothers: Why so much stress? A review of the research. Journal of Divorce & Remarriage, 30(1–2), 115–148.
Buchanan, C. M., Maccoby, E. E. y Dornbusch, S. M. (1991). Caught between parents: Adolescents’ experience in divorced homes. Child Development, 62(5), 1008–1029.
Afifi, T. D. y Schrodt, P. (2003). “Feeling caught” in stepfamilies: Managing boundary turbulence through appropriate communication privacy rules. Journal of Social and Personal Relationships, 20(6). doi:10.1177/0265407503206002
Ley Orgánica 8/2021, de 4 de junio, de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia, art. 1.2. BOE n.º 134, de 5 de junio de 2021. Texto en el BOE
Hibbard, R., Barlow, J., MacMillan, H. y Committee on Child Abuse and Neglect (2012). Psychological maltreatment. Pediatrics, 130(2), 372–378. doi:10.1542/peds.2012-1552
APSAC, American Professional Society on the Abuse of Children (2019). The APSAC Monograph on Psychological Maltreatment.
Fundación ANAR. Teléfonos de ayuda a niños y adolescentes y a familias. anar.org
Cuando hay conflicto
Cuando el niño queda en medio
La mayoría de las familias enlazadas encuentran su manera de entenderse. Pero cuando los adultos no lo consiguen, quien más lo sufre es el niño.
1
De dónde nace el conflicto
Cuando una familia se enlaza, llegan también los miedos. El miedo a ser sustituida, a perder el lugar o el cariño de un hijo. La duda de no saber cuál es el papel de cada uno. Las heridas de una separación que todavía no ha cerrado. Y, a veces, la competencia entre adultos que deberían ser equipo: entre mujeres, entre las dos casas, entre lo que cada uno cree que le corresponde.
Son emociones humanas y comprensibles. El problema empieza cuando no se resuelven entre adultos y acaban recayendo sobre quien menos puede defenderse. Una coparentalidad difícil, un choque de papeles o un «me está sustituyendo» que nunca se habla se convierten, sin que nadie lo quiera, en una guerra en la que el niño queda en medio.
Y la verdad es que nadie sustituye a nadie. Cada persona tiene su propio lugar, y el niño necesita a todos los adultos que le quieren, en paz.
2
Los hijos no son una posesión
Cuando los adultos compiten, el niño queda en medio. Insultar a la madrastra delante del niño, no dejarle hablar con ella o hacer comentarios despectivos sobre ella son cosas que el niño siente, aunque nadie se las explique. El informe de la UNAF señala que proyectar en los hijos lo que se siente hacia el padre y su nueva pareja dificulta la relación entre hogares y que, en situaciones extremas, puede acabar alejándolos de una de las casas2. Lo mismo vale para cualquier adulto, en cualquiera de las dos casas.
Sentirse «atrapado entre dos hogares» es un fenómeno estudiado, y se asocia con más malestar emocional en los menores5,6. Para el niño, cada comentario es una pregunta sin respuesta: si quiero a una, ¿estoy fallando a la otra? Si querer a la persona nueva se vive como una traición, aprende a esconder lo que siente y a vivir dos realidades que cree incompatibles; los niños crecen, pero esa tensión crece con ellos y, en los casos más tensos, acaba necesitando apoyo profesional. Los hijos no son de nadie: tienen derecho a querer a todas las personas que los cuidan.
3
Cuando el niño se usa como instrumento
En los conflictos más duros, algunos menores viven cosas como estas:
Se les dice que no pueden querer a la madrastra, o que quererla es traicionar.
Se les advierte de que, si cuentan algo de lo que pasa en la otra casa, «se van a meter en un lío».
No se les deja estar a solas con ella, o se les repite que ella «no puede cuidarte».
Se niega entregar al niño a la madrastra cuando es ella quien va a recogerlo en el turno del padre.
Se escribe al colegio, al médico o a las extraescolares para negarle a la madrastra la entrada o el acceso, y se intenta dejarla fuera de funciones y celebraciones escolares, para intentar apartarla de la vida del niño.
Se escuchan sus llamadas y se cortan si la madrastra saluda al niño.
Se habla mal de ella y del padre delante de otras personas, con el niño escuchando.
Se montan escenas en los intercambios o cuando coinciden los adultos, con gritos, hasta que el niño acaba llorando.
Se les usa de mensajeros, de espías o de arma contra el otro hogar.
Cuando el ego de los adultos pasa por delante del bienestar del menor, eso tiene nombre: violencia emocional. La ley española define la violencia contra la infancia como toda acción, omisión o trato negligente que priva al menor de sus derechos y bienestar o interfiere en su desarrollo físico, psíquico o social7, y los especialistas en maltrato describen como maltrato psicológico, entre otras conductas, rechazar, amenazar o aislar al niño de personas que forman parte de su núcleo familiar8,9. No hablamos de un comentario desafortunado en un mal día, sino de un patrón repetido que deja al niño en medio.
Dejemos que los niños sean niños. Un niño no debería cargar con los miedos, los rencores ni las heridas de los adultos que más quiere. No elige en qué familia nace ni en cuántas casas crece: solo necesita sentirse a salvo en todas. Cada vez que se le pide que no quiera, que calle o que elija, se le arranca un pedazo de infancia que ya no vuelve. Todas las familias son buenas cuando ponen al niño en el centro. Lo que necesita es sencillo, y es lo único que importa: amor y cuidado, de quien le quiere y le cuida.
Colegios, bibliotecas y presentaciones
¿Quieres llevar el cuento a tu aula, a tu biblioteca o a tu librería? Escríbenos y lo preparamos juntos.
No. Esta web es un espacio para hablar de las familias. La historia completa de Aitana y Momi está en el libro.
Para nada. Habla de las familias que cambian de forma y de que en todas hay sitio para el cariño. Cualquier familia puede verse reflejada.
Porque es la palabra que existe y merece recuperarse: los cuentos la cargaron de una maldad que no le corresponde. Llamar a alguien madrastra no es compararla con nadie: es darle nombre a su propio lugar. Y cada familia puede usar el nombre que prefiera: lo importante es que salga del cariño.
Todo lo que contamos vale igual. Cambia la palabra, no el cariño.
Se lee mejor en compañía. Los más pequeños disfrutan de las ilustraciones y los mayores, de las conversaciones que abre. Para la edad recomendada exacta, consulta la ficha en la tienda.
Estará disponible en Amazon, El Corte Inglés y Fnac. En cuanto estén los enlaces, los verás en la sección «El libro».
Sí: hay tres guías gratuitas para imprimir: un cuaderno de actividades para peques, una guía para el profesorado con actividades por edades y una guía para familias. Están en la sección «Para los mayores».
Se queda en tu dispositivo: no se envía ni se guarda en ningún servidor. Si quieres conservarlo, pulsa «Guardar mi dibujo». Y si quieres que lo publiquemos, pregunta a tu familia y que nos lo envíen por email a diloycruz@gmail.com.
Claro. Escríbenos desde la sección de contacto y lo preparamos juntos.